Dicen que las grandes historias comienzan donde menos lo esperas. La nuestra nació en 2010, bajo el sol de Adícora. Lo que parecía un simple cruce de miradas en el caos de un minimarket una semana santa, fue la chispa que encendió el viaje de nuestras vidas. A pesar de cursar carreras en universidades distintas, el camino siempre lo recorrimos de la mano, entrelazando sueños y metas. Aprendimos algo que nadie enseña en ninguna clase: que querer a alguien de verdad es hacer espacio para sus sueños, aunque a veces no quepan junto a los tuyos...
Después vino el salto. Chile apareció en el horizonte como una promesa y un desafío al mismo tiempo, lo enfrentamos como hemos enfrentado todo — juntos, con fe, y con las voces de nuestras familias resonando desde
lejos como si nunca nos fuimos. Construimos un hogar en tierra nueva. No fue sencillo. Fue mejor: fue nuestro. Allí aprendimos que el hogar se construye día a día, cuidándonos y apoyándonos incondicionalmente. Esa familia que empezamos a construir creció con la llegada de Rollo y Ragnar, quienes dieron luz a nuestras vidas, con sus huellas, pelos, ruido y ese amor puro que solo ellos saben dar.
Luego llegaron los viajes, los logros, las noches difíciles y las mañanas que lo compensaban todo. Llegó la certeza, tranquila y profunda, de que esto no tiene vuelta atrás — ni la queremos. Este año volvemos al mar. Porque el mar nos vio empezar, y queremos que nos vea prometernos.
Así como ustedes, que han sido testigos silenciosos y ruidosos, cercanos y a la distancia, de cada versión de esta historia. Sin ustedes, el cuento no sería el mismo.